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lunes, 7 de abril de 2014

Kosovska Mitrovica.

Entré en un bar, para preguntar por el wifi, pero en realidad quería darle darle pena a alguien para que me alojase.

Nada más preguntarle al camarero por la contraseña, una chica empezó a hablarme. Me senté con las amigas, y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijeron que había una residencia de estudiantes en la que podía dormir por 5€ la noche. No era lo que quería, pero teniendo en cuenta donde estaba, no podía rechazar otra oferta.

Fuimos a los suburvios, y entramos en una tienda, pues el dueño alquilaba las habitaciones. Era el sitio más extraño que he visto en mi vida. Mi habitación era muy grande, con 4 camas y sólo para mí.

No me sentía muy seguro, porque la habitación no tenía llave, pero no tenía elección. Uno de los estudiantes me propuso ir a su habitación hasta que fuese hora de dormir. Vino la residencia entera a conocer al español, y nos quedamos hasta bastante tarde.

Fue una noche muy interesante. Aprendí mucho sobre la historia de Serbia. Me contaron sobre la guerra, sus sentimientos, lo que hicieron, como vivían en bunkers, como sus padres fueron a la batalla y no supieron de ellos durante meses.
Como sienten que nadie se preocupa de ellos, porque son sebios viviendo en Kosovo.

Están en tierra de nadie. Territorio de Kosovo, pero la divisa aún es el "Dinar". Su universidad dependía de serbia. Tenían la doble nacionalidad.

La conversación fue muy interesante, pero no confiaban en mí. No me quisieron decir sus nombres, no me dejaron tomar fotos. Uno de ellos incluso dijo que yo era un espía. Aprendí mucho esa noche, y entendí que la vida no es tan fácil como es par aquellos que viven en occidente.

Cuando me fui al día siguiente, nadie me dijo de pagar.

La ciudad parecía incluso peor que de noche. Parecía una ciudad salvaje, y después me dijeron que así es. No hay seguridad, asesinatos todas las semanas.. Pero la gente fue muy agradable, me ayudaron en todo lo que pudieron a pesar de que no hablasen inglés. Siempre guardaré un gran recuerdo de ese día.

Cuando crucé el puente, sentí que entraba en un nuevo país. La ciudad era completamente distinta. En vez de iglesias, había mezquitas. Los coches tenían matrículas de nuevo. Había policía, e incluso soldados portugueses por las calles.

Pero la gente era muy borde. No querían hablar con un extranjero. Algunos incluso se iban corriendo cuando les preguntaba. No estaba disfrutando en absoluto, así que después de media hora paseando por la ciudad, me fui hacia la carretera para ir hacia Pristina.








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