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lunes, 11 de agosto de 2014

Venezuela. Mi nueva familia.


Dejé la playa de Pui Puy, en dirección sur. Con la idea de llegar a Ciudad Guayana, donde un Couchsufer había aceptado hospedarme. Eran sólo 380 kilómetros, pero me imaginaba que sería bastante lento a través de las carreteras venezolanas.

Conseguí un coche hasta Rio Caribe, y me ayudaron un montón. Primero me dieron dinero suficiente para comer varios días. Después, antes de bajar del coche, rezaron una oración para que Dios me acompañase en mi viaje.
Por primera vez me encontraba en una ciudad venezolana, yo solo, con mi mochila y mis pintas de viajero. Todo el mundo me miraba y señalaba. Supongo que no estaban muy acostumbrados a ver "gringos" por allí.

Conseguí llegar a Carúpano, y me dejaron en medio de la ciudad. De nuevo, era el centro de atención. La gasolinera donde quería buscar un coche, estaba a dos kilómetros de distancia, y mientras intentaba que algún coche me llevase allí, me di cuenta de que en Venezuela todo el mundo es taxista. Ninguno estaba dispuesto a llevarme de gratis. Al final un coche paró, me dejó en la gasolinera, y en 5 minutos estaba en un minibús, dirección Maturín, con un conductor muy amable. Fran me compró dulces venezolanos, y me explicó un poco como funciona el sistema venezolano.

Cuando llegamos a Maturín estaba empezando a oscurecer, y Fran me aconsejó que me buscase una posada para dormir, porque era una ciudad muy peligrosa. Pregunté en una posada, y los 3€ por noche en habitación privada me parecieron excesivos, así que volví a la carretera, para intentar avanzar un poco y dormir en una ciudad más pequeña.

No era tan fácil como yo creía, y me tocó esperar un buen tiempo hasta que un coche se detuvo. Una señora, más asustada de lo que yo estaba me dijo:
- Dios te bendiga. ¿De dónde eres?
- Gracias, soy español.
- ¿Seguro? ¿Dónde vas?
- A donde sea, sólo quiero hacer noche en algún sitio para llegar mañana a Puerto Ordaz.

Me dijo que subiese al coche, en el que yo era el séptimo pasajero. Íbamos muy apretados, dando vueltas por la ciudad mientras pensaban dónde dejarme, hasta que aceptaron alojarme por una noche, y así al día siguiente podría seguir viajando.

Después de llegar a casa, ducharme y disfrutar de una buena cena, me propusieron quedarme un par de días, para poder conocernos. Eran muy amables, y no pude decirles que no.
Esos dos días, se convirtieron en una semana. Una semana en la que aprendí muchísimo de esta humilde familia y todo su barrio. Vivían en unas condiciones que en Europa nos parecerían inhumanas, pero la generosidad de esta familia me sorprendió y me hizo, una vez más, creer que la bondad puede llegar a existir en este mundo en el que estamos "obligados" a consumir, sin pensar en el que tenemos al lado. Esta familia, a pesar de no tener muchos medios, no dudaron en ofrecerme todo lo que tenían, e hicieron lo imposible por conseguir hacerme sentir como en mi propia casa, con mucho esfuerzo, tanto personal como económico.
Me fue muy difícil decirles adiós, ya que hasta el último minuto que estuve allí, no pararon de intentar convencerme para que me pagasen un bus hacia Puerto Ordaz, aunque al final comprendieron que, a pesar de los riesgos, prefería intentar conseguir algún coche que fuese hasta allí.




Estoy eternamente agradecido a la familia Seijas, y estoy deseando volver a verles.

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